La creación (por biba-llo)
Un amigo mío (biba-llo) me envío el otro día un texto a ver qué me parecía. Eso fue pocos días antes de inaugurar este blog. Así que hoy os voy a deleitar con este divertido texto sobre la creación que ha salido de dentro de su cerebro:
Hola.
Bienvenido seas, extranjero.
Dime, ¿Qué te trae por estas tierras?
¿Acaso buscas fama y oro, como otros tantos antes que tú?
Si es así, me temo que poco podré ayudarte. Sólo puedo ofrecerte una taza de té caliente a la lumbre de una pequeña hoguera y una historia que los pastores de estas tierras cuentan desde tiempos inmemoriales.
Dice así:
Cuentan hombres dignos de fe, que antes de que los cielos tuviesen siquiera conocimiento del concepto de estrella, los dioses ya peleaban.
No lo hacían porque tuviesen algún motivo en especial, sino porque alguno tenía que mandar sobre los demás, y ninguno quería que algún otro mandase sobre él. Los dioses, a veces, son muy humanos.
Lo cierto es que tras un espacio de tiempo inconmensurable (tiempo por decir algo, pues no existía aún ese concepto, e inconmensurable porque nadie se molestó en mirar un reloj), los dioses llegaron a un acuerdo y sobre todos ellos mandaría el que ellos consideraron menos poderoso.
Así, llegó al poder Herpos, dios omnipotente de las salamanquesas.
Cierto día, el dios Herpos se sintió raro, buscó un lugar lo más apartado e íntimo que pudo y, sin ningún tipo de ceremonia, puso un huevo gelatinoso.
Fue una Creación bastante vergonzosa, que originó preguntas bastante incómodas. Pero ya estaba hecho.
De aquel huevo, surgió una gallina (este hecho dio lugar a un planteamiento filosófico de carácter trascendental que perturba a los grandes pensadores de todos los tiempos incluído el nuestro) la cual empezó a buscar algo para llevarse al pico y comenzó a escarbar en el cosmos, haciendo un montón de arena del que surgió la Tierra, que fue visitada por Eustaquia, diosa de las viejecitas con macetas en los balcones, que la preparó con abonos naturales de las divinas caballerizas de Rorquato, dios de los catetos con boína.
Tras ver el pifostio que se había armado, el omnipotente dios Herpos, cogió el susodicho montón de abono, y tras su divina Bendición le propinó una sagrada Patada que lo envió a los confines de su jardín donde permaneció durante un día o dos, hasta que un dios sin nombre, lo regó.
Y surgieron los árboles.
El dios Anónimo, perplejo ante la brutal efectividad que las deposiciones de caballos sagrados tenían usadas como abono, hizo caso de sus sentidos extrasensoriales para salir de allí por patas a toda mecha, porque Aquello se Estaba Poniendo Muy Feo:
Los humanos venían de camino.
Los árboles dieron sombra. La sombra atrajo insectos (hay quien opina que éstos venían de otra Creación que uno de los Perros Sagrados del dios de las judías verdes había realizado por su cuenta y riesgo no muy lejos de allí) y los insectos trajeron pájaros y peces de no se sabe muy bien dónde.
Aprovechando que la cosa ya carecía de sentido alguno, llegaron animales, hombres y otras cosas que mucha gente se empeña en poner en casillas reservadas para hombres, animales o plantas, pero sin ser estrictamente nada de eso, como es el caso de los heriácolos moteados, que son una mezcla de piedras y ositos del Mimosín después de estar ocho días enteros en una caseta de rifas de la Feria del Valle a base de café, estupefacientes y Valium (muchos opinan que el heriácolo moteado es el ser más desgraciado de la Naturaleza) pero que en realidad es una forma de vida compuesta principalmente de pelusilla del ombligo (el segundo material más abundante de la tierra, por detrás de la arenilla de debajo de los cojines del sofá) y por tanto, inclasificable.
La cosa es que de pronto, ahí estaban los Hombres, que miraban asombrados todo lo que tenían a su alrededor y, en cuanto dejaron de intentar comer piedras, dijeron las Primeras Palabras de la Humanidad: “¿Qué mierda es esto? Yo no pienso recoger todo esto”
Y así se formó el mundo tal y como lo conocemos.
Todo esto nos lleva directamente (bueno, casi) a la filosofía.
Porque los filósofos son gente… bueno, bastante rara.
Desde un principio sólo saben hacer preguntas de aspecto inocente, pero que llevan dentro de ellas el germen de una catástrofe mental.
Son preguntas del tipo “¿de dónde venimos?” “¿a dónde vamos?” que generalmente se pueden responder fácilmente si el sujeto en cuestión aún no ha bebido demasiado (venimos de la Taberna del Grillo Borracho y ahora vamos a dormir en ese banco de ahí, que ya es casi de día).
Pero los filósofos se empeñan en poner las cosas difíciles a la gente que piensa con normalidad y no tarda en atacar con juegos de palabras y malabarismos mentales que crean ilusiones que parecen magia, y aquí está el meollo de la cuestión, la gente se las cree, intenta repetir esos malabarismos psicológicos, y la gente acaba con una hoz en la mano derecha y una antorcha en la mano izquierda, delante del palacio real y preguntando “¿Está Luis en casa, por favor? Veníamos a aclarar nuestro punto de vista sobre los problemas del país”.
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