The Pollo’s Fury (V) – Pollo al descubierto -

Hasta ese momento ningún pollo había prestado atención a los humanos, ni siquiera les llamaba la atención su aspecto, son seres carentes de plumaje y no tienen bonito pico del que presumir. Kiwimaku escrutó detenidamente a aquel que lo había cogido y lo miró a los ojos, luego bajó a la nariz, la boca, el cuello, el collar de piedras, el taparrabos, las piernas, los pies, la mugre de las uñas y después volvió a subir despacio para estudiar con más detalle a aquel ser gigantesco que había conseguido arrebatar la victoria al animal. Poco a poco, subió hasta los ojos hasta que las miradas del humano y del pollo se cruzaron.

-¿Se puede saber qué te pasa?

Preguntó Kiwimaku al humano, que se quedó mirándolo atónito sin moverse y sin saber qué decir esperando a que su pequeño intelecto, comparado con el de los pollos, fuese capaz de asimilar lo que acababa de presenciar: un pollo le había hablado. Tras cinco segundos y cuarenta y cuatro centésimas el impulso nervioso que llevaba la palabra “que”, que conectaba los pensamientos “un pollo” y “habla” e hizo que su cerebro generase la sentencia “un pollo que habla”, fue cuando el humano retrocedió un paso, dio un grito, soltó al pollo y se arrodilló temeroso ante tal criatura.

Cuando el pollo aterrizó miró al extranjero, que aún seguía mirando la escena. No sabía si aquello era un truco del aldeano o era una revelación divina, lo único que se sabe de él es que desde aquel momento sólo vivió para buscar gusanos gordos en el suelo. Daba igual que fuese de día o de noche, que hiciese sol o que hiciese frío, que nevase o lloviese, el hombre se quedó en la aldea y todos los días se le veía rondando agachado mirando al suelo en busca de un nuevo gusano gordo.

El aldeano seguía asustado y temblaba de miedo ante aquel animal que le había hablado, al igual que las grandes culturas indias, un Dios con forma de animal se había aparecido a los fundadores de la ciudad, pero aquello hacia ya mucho tiempo, y nunca hubiese pensado que otro ser sagrado se apareciese, y mucho menos, frente a él.

Kiwimaku era, lo que se dice, “buena gente”, pero eso no quitaba que su enfado fuese más mayúsculo que una “A” de tres metros tallada en granito, se acercó al hombre y le volvió a preguntar:

-¿Se puede saber qué te pasa?

INDICE DE LA HISTORIA

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