The Pollo’s Fury (IX) – The Pollo’s Fury -
Para una raza como la suya en inconcebible que existiese una raza con individuos que fuesen tan crueles entre sus semejantes. Existían individuos entre algunas especies que se atacaban entre ellos, pero eran especies que solo se regían por instintos, no tenían ni un solo atisbo de inteligencia racional, aunque fuese mínima. Por ello, le costaba mucho asimilar que los humanos fuesen así, incluso que le causasen tantos problemas a la raza más inteligente del universo.
Se oía llorar a una niña pequeña, iba cogida de la mano de su madre hacia la plaza llevando una muñeca hecha con hojas secas y vestida con unos pequeños harapos. La madre la instó a que la dejase en el montón de objetos, pero la niña no quería, entonces, uno de los soldados Hipotecas se acercó y se la arrancó de las manos. La niña empezó a llorar de forma desconsolada y era incapaz de parar por mucho que su madre la abrazaba y la acurrucaba entre sus brazos.
Kiwimaku se conmovió, no se sentía capaz de permitir aquella crueldad con una niña pequeña. Dio unos pasos hacia delante y se quedó frente a los guerreros.
-¡Anda mira! ¡Y encima nos regalan un pollo! ¡Je, je! Este será asado esta noche.
Conforme el guerrero se acercó al ave éste dejó de moverse. No podía explicar cómo, pero sentía miedo, los ojos del pollo, eran esos ojos, de repente parecían desprender una fuerza increíble, una fuerza que solo podía ser descrita como odio, ira. Un hombre tenía miedo de la mirada de un ave de corral.
El suelo en torno al ave comenzó a arder sin motivo aparente, candentes llamas le rodeaban, pero Kiwimaku seguía quieto, no tenía miedo de ellas. Una llama se lanzó contra el hombre y le quemó el brazo. El humano retrocedió enarbolando su lanza y con el miedo cada vez calando más profundamente en su mente.
Sus compañeros, a pesar de que eran muy numerosos estaban impactados, nunca antes habían visto a un gallo realizar tales prodigios. Varios de ellos consiguieron reaccionar y arrojaron sus lanzas contra Kiwimaku. Las armas se detuvieron a escasos centímetros de su cuerpo y en ese mismo momento cayeron al suelo, consumiéndose con las llamas.
Los Hipotecas cada vez estaban más asustados. Un pollo podía hacer frente a todos ellos sin inmutarse. Se quedaron mirando fijamente al ave y en sus mentes empezó a resonar una voz que les decía que abandonaran la lucha y volvieran a su pueblo dejando atrás lo que habían ido a buscar, que volviesen e hiciesen que su pueblo dejase de aprovecharse de los demás de la manera que lo estaban haciendo. Muchos de ellos tenían sus dudas. Sin embargo, el ave empezó a levitar y el fuego del suelo empezó a convertirse en una bola de olas de fuego que le rodeaba y dejaba entrever algunas partes de su cuerpo. Cuando se encontraba a cierta altura el ave desprendió una luz blanca que les cegó temporalmente y en ese momento todo atisbo de duda desapareció de sus mentes.
El batallón Hipoteca dejó sus armas atrás y se retiró, huyendo cada uno de los hombres lo más rápido que pudo para alejarse de aquella aparición maléfica de un ave en llamas.
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