The Pollo’s Fury (X) – Y Kiwimaku fue emperador
Kiwimaku volvió a comportarse con normalidad, sin embargo todo el pueblo lo miraba con miedo y asombro incluso Akmú, que ya había visto cosas increíbles estaba sorprendido.
Kiwimaku se acercó a su amigo y lo miró con mirada dubitativa. Akmú reaccionó y lo cogió en brazos, entonces la voz del ave sonó en su mente y le pidió que hablase con sus conciudadanos.
Fue difícil de explicar y difícil de creer, pero la gente, después de haber visto la furia del pollo empezó a entrar en razón. Durante unos meses todo el mundo se fue acostumbrando poco a poco a su presencia y a la forma de ser de aquel ave, la única de su raza que mostró cierto interés por los humanos, ya que el resto de los pollos seguían enfrascados en su particular guerra contra los gusanos gordos, y por mucho que intentaban comunicarse con los congéneres de Kiwimaku, seguía pasando olímpicamente de los humanos.
Pasó el tiempo, exactamente 183 días desde el día en que Kiwimaku desató su furia ante los Hipotecas, y el Emperador del pueblo ya no se sentía con fuerzas de seguir gobernando, pues, debido a su avanzada edad ya solo deseaba descansar. Convocó a los hombres más sabios de la ciudad y congregó a todos los habitantes frente a su palacio.
En la mente del Emperador sólo se barajaba un nombre: Kiwimaku, que a pesar de ser un ave había mostrado una gran valentía al enfrentarse a sus enemigos y durante el tiempo que había vivido entre los humanos había conseguido hacer muchos amigos y ayudar a muchos a resolver sus problemas, pues con su inteligencia y poder se había convertido en uno de los habitantes más valorados de su ciudad.
La conformidad del pueblo fue unánime. Kiwimaku sería Emperador.
Y Kiwimaku gobernó con diligencia y sabiduría a todos sus súbditos. Al tiempo volvieron a aparecer los Hipotecas con su Emperador a la cabeza, pero Kiwimaku volvió a actuar y hasta él mismo tuvo que rendirse ante el poder del gran emperador Ovoleta. Nunca más se volvió a saber de los terribles enemigos del mundo
Y así fue hasta el fin de los días de Kiwimaku. Después de su muerte hubo más Emperadores, pero como siempre, el tiempo pasa y pasa factura al mundo, poco a poco su civilización fue decayendo y cayó en el olvido, quedando sólo un montón de piedras, entre las que se encontraba Jishu, la piedra del trono del Emperador que vio y recordó por el resto de su existencia todo lo acontecido a lo largo de la historia de su pueblo.
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