The Pollo’s Fury (XIV) – Las ruinas
A la mañana siguiente el profesor se levantó temprano y empezó a prepararlo todo: Comprobó que su mochila tenía todo el equipo necesario: Linternas, bengalas, botiquín, cuerdas, cámara, baterías de repuesto, cargadores solares, papel de dibujo, block de notas, provisiones y demás objetos que le podían ser útiles. Cuando estuvo conforme con su equipo sacó un mapa de la zona que tenía en un tubo de metal que había junto al camastro y lo colocó en la pequeña mesa plegable que se encontraba junto a la cama.
En el mapa se encontraban marcados los descubrimientos que había realizado durante su vida: La ciudad de los Hipotecas, la cueva oculta de Oju-Mango y el Altar perdido del Sol. Todos ellos se encontraban relativamente cerca, en un radio de unos quinientos kilómetros, pues, desde pequeño, la historia de la zona le había cautivado, fundamentalmente, gracias a su abuelo, que siempre le hablaba de los grandes guerreros antiguos que ofrecían sacrificios a los dioses en altares y danzaban antes de una batalla para que, en caso de no conseguir la victoria, se compadecieran de ellos y les diesen un buen lugar donde descansar por toda la eternidad. Después de recordar tiernamente a su abuelo, cogió un rotulador rojo e hizo un dibujo de un pequeño templo en el mapa. Junto a él escribió “Ovoleta”.
En el exterior de la tienda se empezó a oír ruido, los demás se estaban levantando y preparando un desayuno a base de huevos fritos y bacon – típico norteamericano, ¿hasta donde iban a llegar con su invasión cultural? – con el que el profesor no estaba muy conforme normalmente, pero ese día era diferente, les esperaba una larga y ardua jornada y debían almacenar fuerzas.
El sol empezaba a aparecer por el oeste, y en el claro se podía ver perfectamente sin ayuda de la fogata. El grupo de diez personas partió del campamento hacia las ruinas, dejando atrás a tres estudiantes que se encargarían de seguir analizando los escritos antiguos y a dos hombres armados para proteger el campamento.
El grupo iba encabezado por el profesor Juárez, seguido por Jonás y Rodrigo con su escopeta y tras de ellos iban seis estudiantes más, y para finalizar la fila, otro hombre armado.
Tras diez minutos de caminar llegaron al lugar. En lo alto de un promontorio recubierto de vegetación se podía ver el agujero que se abrió bajo los pies de Jonás el día anterior, y le dejó caer en el Templo del Emperador Ovoleta. La misión ahora era la de identificar más construcciones, intentar acceder a la entrada del templo y sobre todo, descifrar los dibujos de los relieves, eso era lo más importante; la llamada del profesor a su patrocinador le había hecho pensar cada vez más en qué significaba todo lo que ocurría en torno al pueblo Ovoleta y cómo era posible que el hombre que financiaba parte de la expedición supiese más que él sobre la ciudad perdida.
Algunos estudiantes prepararon un par de mesas plegables y varios sillines de acampada para ir depositando y estudiando todo aquello que encontrasen. Rodrigo se apostó en lo alto del templo vigilando por si se acercaban los animales salvajes, mientras que el otro hombre permanecía de guardia en torno a la improvisada mesa de estudio.
El profesor Juárez desplegó una enorme hoja de papel en blanco sobre la mesa y dibujó un pequeño zigurat al que marcó con el texto “Templo”, asimismo dibujó una flecha en una esquina que indicaba el norte con respecto a su posición.
-Bien, veamos, sabemos cómo entrar por la parte de arriba del templo, pero podemos provocar un derrumbamiento, así que debemos despejar la cara norte para encontrar la entrada. Tomó su brújula en la mano y orientó su cuerpo hacia el montículo verde donde se encontraba enjaulado el templo. – La brújula indicaba que el norte estaba en dirección del templo al profesor – y precisamente la tenemos de frente.
Tres estudiantes tomaron varios machetes de explorador y se dirigieron a la pared recubierta de una capa de pequeñas plantas y troncos de enredaderas que subían hasta el techo. Estudiaron atentamente el montículo para empezar por el centro de la base, el lugar donde presumiblemente se encontraría la entrada. Una vez elegido, empezaron a cortar. Mientras tanto, los demás estudiaban los alrededores por si encontraban algo de interés.
El trabajo era difícil, todo estaba rodeado de árboles y plantas que dificultaban el poder reconocer estructuras y edificaciones que hubiesen existido en la antigüedad, pero el poder descubrir algo nuevo generaba una gran sensación de emoción en todos los que allí se encontraban.
Al cabo de una hora uno de los estudiantes gritó:
-¡Profesor, lo tenemos!
El profesor se dirigió al grupo que se había encargado de buscar la entrada. Ante ellos se habría un hueco que marcaba la entrada a una estancia que era la antesala del Templo del Emperador Ovoleta.
-¡Excelente señores! ¿Desean ser los primeros en compartir el descubrimiento de una fascinante historia?
Acto seguido volvió a por su mochila, sacó una linterna, la videocámara y un par de bengalas que introdujo en su bolsillo del pantalón. Se colocó ante la puerta y dijo
-¿Se puede?
Y entró en la habitación. Todos los demás se quedaron quietos, allí, contemplando a aquel hombre sabio que iba en busca de un pedazo de historia. De repente les sorprendió la cabeza del profesor saliendo por el hueco gritando, con la cara bañada en lágrimas y retorciéndose de dolor.
-¡Socorro! ¡HUid todos! ¡Vamos a morir!
Los estudiantes se sobresaltaron y uno de ellos cayó de espaldas al suelo.
-¡Era broma! ¡Vamos! ¿A qué esperáis?
De inmediato volvieron a la realidad y fueron a buscar sus mochilas, linternas y cámaras de fotos. Jonás siguió su ejemplo y se unió al grupo. Las cuatro personas entraron en la habitación y acompañaron al profesor en busca de un trozo de la memoria perdida del mundo.
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