The Pollo’s Fury (XVI): Segundo mensaje
Después de la recepción del mensaje los dos siguientes días fueron tranquilos. Las señales eran recogidas por el radiotelescopio, descompuestas y analizadas por los servidores de procesamiento, pero ninguna señal era lo suficientemente importante como para crear un nuevo posible positivo.
Sin embargo, al tercer día, cuando la monotonía volvía a reinar en el silencioso laboratorio las alarmas se dispararon de nuevo. Aunque esta vez la excitación de Doble C fue menor. Se dirigió a la consola y volvió a ver escrito el mismo mensaje que le indicaba que la señal era de origen desconocido. Volvió a enviar los datos a la cola impresión y después del breve instante que tardaron en imprimirse siguió el mismo protocolo que realizó tres días antes con la señal pirateada. Tecleó el número de archivo que había impreso en la ventana correspondiente y al cabo de un momento se abrió la ventana mostrando la señal.
Era diferente.
El patrón de ondas no se parecía en nada al que había visto la vez anterior. En la otra señal se podía apreciar claramente el dibujo de la señal portadora que modulaba la transmisión, además, los picos de datos estaban separados de manera regular a lo largo de todo el dibujo.
Sin embargo, ésta era diferente.
La onda que veía en pantalla estaba compuesta por varias ondas superpuestas. No se trataba de una sola señal portadora que modulaba a otra que contenía el mensaje. Esta señal era mucho más compleja. Tecleó unos comandos que al cabo de unos segundos abrieron una serie de ventanas que mostraron cada una de las ondas que componían el mensaje original.
La onda estaba compuesta por señales que ocupaban una alta gama de frecuencias y que se entrelazaban y cruzaban para formar una señal parecida a la que se obtiene cuando grabas a un grupo de rock con sus instrumentos. Había demasiada información en una señal que supuestamente se envía desde el espacio.
Para salir de dudas Carlos tecleó los mismo comandos que utilizó la otra vez para poder pasar la señal a su idioma.
Al cabo de unos segundos la pantalla se llenó con una serie de caracteres que a simple vista no formaban ningún tipo de mensaje que fuese reconocible.
Volvió a probar, pero esta vez con cada una de las diferentes señales que componían el mensaje. El resultado fue el mismo, nada comprensible.
Volvió a intentarlo, en todas las codificaciones y caracteres que se le ocurrían. Mismo resultado. Cerró todas las ventanas que tenía abiertas y ejecutó un programa diferente. Éste le pidió el número de archivo y lo tecleó. Pulsó “Intro”. El programa empezó a calcular, tomando prestados los procesadores de varios servidores para su tarea: intentar decodificar el mensaje de todas las formas concebidas alguna vez por el hombre: código morse, transposición de ondas, representación en forma de imagen, cualquier cosa en la que un ordenador pudiese interpretar el flujo de datos, una tarea que podía llevar varios días.
Mientras la larga tarea se realizaba decidió calcular la posición del objeto emisor. Abrió el programa que le permitía calcular las coordenadas e introdujo el vector de posicionamiento. Esperó.
El programa indicó que procedía de un objeto desconocido que estaba a una distancia poco superior a la del objeto de hace tres días.
-¿Otra broma? No, esto es muy diferente a lo del otro día - dijo para sí mismo
Pero ¿Cómo podía ser? Supuestamente una raza alienígena había enviado una serie de mensajes a la tierra y parecían venir en son de guerra. Y ahora, tres días después captan una señal mucho más compleja cuyo emisor posiblemente se esté acercando a La Tierra, pero es necesaria una segunda señal para confirmar que se encuentra en movimiento.
Volvió a abrir de nuevo el archivo con la señal, mostrando de nuevo el dibujo de una serie de líneas superpuestas que se entremezclaban.
-Parece una canción - dijo riendo.
“Parece una canción”, esas palabras resonaron en la mente de Doble C, “una canción”, “parece una canción grabada”, “¿Y si es una canción?”
Subió el volumen de los altavoces
Marcó con el ratón la señal de la pantalla.
Pulsó la tecla “Intro”.
La música no sonó.
Pero la habitación se llenó de un millar de cacareos.
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