The Pollo’s Fury (XVII): Visiones

A unos doscientos kilómetros del laboratorio una oruga salía de su crisálida transformada en una linda mariposa, y pensó: “¡Qué feliz me siento!”. Había estado esperando por mucho tiempo (mucho tiempo para una oruga, no demasiado para un humano y un suspiro para una piedra) en poder convertirse en el ser alado que ahora era y poder viajar por el mundo a lomos del aire.

“¡Qué feliz me siento!” pensó también el lagarto que acababa de lanzar su lengua para atrapar a la mariposa con acierto y llevarla directamente hacia sus fauces. Había notado moverse la crisálida y había esperado hasta que la mariposa salió para poder atacarla.

A mil kilómetros del lugar un pequeño globo se sentía alegre y feliz viajando entre remolinos y ráfagas de aire. Hace un par de días se le había escapado a un niño que lo había comprado en una feria y ahora era libre. Pero su felicidad se vio truncada por el picotazo de un ganso que volaba en formación con otros de su misma especie.

A diez mil kilómetros un chamán indio cantaba junto a una hoguera emitiendo sonidos guturales en un estado de concentración absoluto, balanceando su cuerpo adelante y atrás, en un viaje astral a través del cosmos en busca de una revelación celeste.

De repente, abrió los ojos. Su cara estaba inexpresiva.

Se dirigió a la cabaña que se encontraba justo detrás de él en la inmensa llanura.

-¡Cariño!,- habló con voz ronca – ¿No tienes por casualidad unos caramelos para la garganta? Me la noto áspera.

-¡Están en el cajón de la mesa de la cocina! – habló una voz vieja a la vez que dulce que venía de una habitación contigua.

El chamán entró en la cocina, toda llena de armarios de madera y se dirigió a una mesa que se encontraba junto a un armario más grande que parecía ocultar la nevera en su interior. Abrió el cajón y encontró un paquete de caramelos mentolados. Cogió uno y se lo echó a la boca. Respiro profundo y volvió a salir a la calle.

Se volvió a sentar junto a la hoguera y volvió a comenzar con sus cánticos guturales. El ronroneo de su canto se extendió por la zona, envolviéndolo todo. Empezó a anochecer, el sol desaparecía y las estrellas empezaban a mostrarse.

Volvió a abrir los ojos.

Una lágrima recorrió sus mejillas.

Acababa de vislumbrar una oscura sombra en el futuro del mundo. Sin embargo en la aquella sombra un pequeño puntito de luz todavía brillaba.

Se quedó quieto, inmóvil, con la mirada perdida en ninguna parte. La hoguera se apagó al cabo del rato. El anciano hombre se levantó y volvió a entrar en su casa. Se dirigió al dormitorio y se acostó directamente. Antes de dormirse rezó porque esa pequeña luz que había visto se hiciese fuerte y pudiese enfrentarse a la oscuridad que se avecinaba.

Volvió a abrir los ojos. Seguía acostado en su cama, pero no se encontraba en su habitación. Estaba en un lugar muy oscuro del que no podía decir el tamaño, pues solo había una lámpara de aceite que colgaba sobre la cama y ni siquiera se podía ver el anclaje del que estaba suspendida, pues la cadena que la sujetaba se perdía más allá de donde la lámpara lograba iluminar hacia arriba.

Se levantó, descalzo como estaba y una nueva lámpara encendida bajó del techo y se colocó cerca de la otra. El anciano avanzó hasta la nueva lámpara, y una tercera descendió y creó otro círculo luminoso en el suelo. Le estaban indicando el camino.

Varias lámparas más bajaron y continuaron el sendero, hasta llegar a un punto en el cuatro lámparas bajaron simultáneamente formando un cuadrado de luz iluminó mucho más grande en el suelo.

Sintió unas pisadas.

Un gallo apareció y se quedó mirándolo fijamente.

-¡Veo, veo! – dijo el pollo

El viejo no respondió, perplejo por su visión.

-¡Veo, veo! – volvió a decir el pollo, levantando el tono

El viejo siguió inmóvil

-¡Veo, veo! – repitió el ave, esta vez con un tono alto que denotaba enfado en su voz.

El viejo no dijo nada.

-¡A ver! – El pollo se acercó más al viejo – Si yo digo “veo, veo”, tú tienes que responder “¿qué ves?” ¿De acuerdo? – El viejo asintió – Probemos de nuevo: ¡Veo, veo!

-¿Qué ves?

-Una cosita

-¿Con qué letrita?

-¡Ah! Vaya, pues… ahora no me acuerdo, no estoy muy ducho en la ortografía de tu idioma.

-¿Entonces? – dijo el chamán mientras se inclinaba en busca de la mirada del ave

-¡Bueno en realidad era para dar un clima más misterioso a la visión, pero parece ser que la he pifiado un poco!

-¿Qué quieres decir con eso?

Entonces el pollo lo miró, se dio la vuelta y salió del círculo. El viejo se dispuso a seguirlo, pero las luces se apagaron y él de nuevo se quedó inmóvil.

El sonido de tres grandes interruptores sonó y tres potentes focos iluminaron de frente a tres gallos de seis metros que se encontraban a poca distancia del chamán. Los pollos empezaron a hablar, uno por uno.

-¡Peligro! – dijo el de la izquierda

-¡Peligro! – dijo el del centro

-¡Tortilla de patatas! – dijo el de la derecha

-¡Miedo! – volvió a decir el de la izquierda

-¡Miedo! – repitió el del centro

-¡Filete de merluza! – dijo el tercero

-¡Ayuda! – habló de nuevo el primero

-¡Ayuda! – volvió a repetir el segundo

-¡Lacón con grelos! – concluyó el tercero.

Entonces los focos se apagaron y el suelo se abrió en dos. El viejo chamán sintió como caía y volvía de nuevo a su cuerpo, al que veía varios metros más abajo, dormido sobre su cama, junto a su mujer, en el dormitorio de su vieja cabaña de madera.

El viejo se despertó sobresaltado. Aún estaba vestido, y se encontraba empapado en sudor. Volvió a acostarse.

“Tortilla de patatas” repitió mentalmente mientras volvía a cerrar los ojos más tranquilo y más intrigado que la primera vez que se fue dormir.

INDICE DE LA HISTORIA

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