“¿Dónde estoy? Creo que es una habitación, de eso no hay duda. Estoy sentado en una silla. ¿Es una silla o un taburete? Tiene que ser una silla, porque tiene respaldo. ¿Seguro que tiene? Si me echo para atrás… si me echo para atrás… tendré que echarme para atrás para comprobarlo.
Me estoy echando para atrás.
No me caigo, hay algo aquí a mi espalda que no me deja caerme. ¿Será la pared? Giraré la cabeza para ver si hay una pared. No, no la hay. Entonces estoy sentado en un asiento con respaldo. Estoy sentado en una silla.
¿Y esto que tengo aquí enfrente? Es cuadrado y tiene patas ¿Es una maceta? No, una maceta vuela y tiene pico. ¿O es un rinoceronte? Ahora no lo sé.
¿Seguro que no lo sé?
Puede que lo sepa, pero no sé si lo sé o no lo sé. ¿Qué sé entonces?
Sé que estoy en una habitación. ¿Dónde está la habitación? Supongo que en un edificio. Pero aunque sólo fuese la habitación y fuera no hubiese más edificio, la habitación misma sería un edificio.
No sé dónde está el edificio. Recuerdo que me trajeron y me pusieron esta cantimplora. ¿De dónde me trajeron y quién me trajo? Un momento, no se llama cantimplora, se llama pijama y sigo sin saber quién me trajo. Eran unos hombres con unos desatascadores de color blanco. ¿Seguro que eran desatascadores? También había una fregona con luces en el techo. ¿Fregona? No, furgoneta. Las luces eran bonitas, eran de color naranja y daban vueltas. Lo que no me gustaba era el sonido que hacía, era muy agudo y me hacía daño en los oídos.
Vale, unos hombres de blanco en una furgoneta me han traído. ¿De dónde? No lo recuerdo bien. Hacía frío y estaba mojado. Mojado pero no empapado. ¿Habré dormido en la calle? No sé, recuerdo el olor a algo del campo. ¿Flautas? ¿A qué huelen las flautas? ¿O las flautas son comida? Recuerdo cosas, pero no sé qué son esas cosas o cómo se llaman ¿De verdad que esto se llama habitación y he estado en un sitio que se llama campo?
¿Y antes? ¿Qué pasó antes? ¿Por qué estaba en ese sitio?
¡Eh! ¿Qué ha sido eso? ¿Ha sido un golpe? Ha sonado cerca, no lo esperaba. ¿Qué hago? ¿Doy un salto de impresión? Sí, es lo mejor, se supone que es la respuesta adecuada ¿Es la respuesta adecuada? Creo que sí. Entonces daré un respingo de la impresión.
Ya lo he dado. Ahora ¿qué?
¡Cago en… ! He perdido el hilo de lo que pensaba. ¡Ah! Sí ¿Por qué estaba en el campo? No recuerdo gran cosa de antes de despertarme. ¿Cómo llegué? ¿Fui en mi tostadora? ¿O me llevó alguien? ¿Se llama tostadora?
¿Por qué me viene a la cabeza la palabra “Hirado”?
¿Y eso? De repente ha aparecido un gato frente a mí que no he visto llegar. No, espera, no es un gato, es una persona. Pero ha aparecido de repente. No lo he visto aparecer. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Las personas aparecen de repente y sin avisar, de la nada? No, yo no puedo hacerlo. ¿O si puedo? No lo recuerdo, pero estaría bien ser capaz de hacerlo. Pero como no lo sé y no me lo esperaba ¿debería asustarme? Yo lo haría. Y claro, yo soy yo, de eso no hay duda, aunque con lo emancipado que estoy no si eso es verdad. No emancipado no, confuso creo que se dice. Bueno, no sé dónde estoy ni por qué estoy aquí. Me asustaré”
Al ver aparecer de repente a Josh el hombre se asustó, se echó hacia atrás y se calló junto con la silla, dándose un golpe en la espalda.
O más bien deberíamos decir que cuando los sentidos del hombre dejaron de ignorar a Josh porque había guardado su identificación con el símbolo éste se sorprendió de que estuviese frente a él sin previo aviso y decidió asustarse.
Al ver la respuesta del hombre Josh se levantó y procedió a ayudarle a incorporarse de nuevo y a sentarse en su silla.
Una vez se hubieron sentado empezó con las presentaciones.
-¡Hola! Me llamo Josh Wellington. ¿Qué tal? – Josh alargó su mano con firmeza y seguridad, a la vez que reflejaba una nota amable en su gesto para que el hombre se la estrechara sin temor.
El hombre dudó un poco al ver la mano del extraño que se le acababa de aparecer. Finalmente decidió que el gesto no era hostil, y acercó su cara hacia la palma de la mano del desconocido y restregó suavemente su rostro contra ella.
-¡Vale! Veo que al menos no me consideras un enemigo – Josh echó su mano atrás y la dejó en reposo sobre la mesa. No se extrañaba de su comportamiento, otros Segundos Choques habían tenido síntomas de confusión bastante claros.
El interno dejó de mirar a la pared y se quedó mirando fijamente al recién llegado. Sus ojos no hicieron ningún movimiento que mostrara intención de reconocer o escrutar al repentino invitado. Simplemente se quedaron fijos en él.
“Me gusta el chile picante. Al menos, eso creo.”
Viendo que no hacía ningún movimiento, Josh decidió intentar entablar una conversación con él.
-¡Hola! ¿Cómo te llamas? Yo soy Josh Wellington. He venido a verte.
“¿Qué son las fresas?”
El individuo seguía con la mirada fija en Josh, sin moverse y sobre todo, sin responder.
-Me han dicho que te han encontrado esta mañana en el campo, tirado en el suelo.
Los ojos del interno se centraron en la boca de Josh. Se inclinó hacia adelante y le dio un beso en los labios. Luego sonrió, soltó una risa infantil y se volvió a sentar en su silla, volviendo a dejar la mirada fija en el rostro de su interlocutor.
-Campo. Estaba frío. ¿Se dice así? No me acuerdo si se dice así o no – El rostro del hombre se relajó y sus ojos adopataron un gesto incrédulo, a pesar de que seguía mirando fijamente a Josh. Realmente estaba confuso.
El periodista aún estaba perplejo por la reacción del hombre. Nunca antes un Segundo Choque le había besado en los labios. Esto sin duda era obra de un mente poderosa y algo antisocial. Encajaba en el perfil de Hirado.
-¡Sí! Es más o menos así. Se dice “hacía frío” en vez de “estaba frío”. No te preocupes, poco a poco volverás a hablar correctamente.
-¿Qué me ha volado?
-”¿Qué me ha volado?” – repitió el visitante con tono escéptico – ¡Vaya! – una sonrisa se escapó de la boca de Josh – Creo que no es eso lo que quieres decir. ¿No será… “qué me ha pasado”?
El hombre inclinó la cabeza varias veces en gesto afirmativo.
-Te encuentras en una especie estado de shock. Más concretamente lo llamamos “Segundo Choque”. ¿Lo entiendes?
Esta vez el hombre sacudió la cabeza para indicar que no sabía lo que quería decir.
-Verás – Josh suspiró y se reclinó hacia el afectado, deslizando despacio sus manos hacia él- Esta mañana han recibido una llamada en el hospital, diciendo que estabas en el campo, tirado en el suelo y que cuando te preguntaban qué había pasado empezabas a hablar y llegaba un momento en qué movías los labios pero no hablabas. ¿Es verdad?
El hombre volvió a sacudir la cabeza para indicar su disconformidad.
-No. Yo hablo y digo todo, lo que pasa es que nadie me oye.
-¿Tú también lo oyes? – El periodista se reclinó un poco más hacia el hombre hospitalizado, intentando llegar con su mirada hasta dentro de la mente del hombre. Por desagracia, Josh era un hombre normal, sin poderes psíquicos. Los humanos no tienen esa clase de capacidades.
Un atisbo de duda se reflejó en la cara del enfermo. Parecía que Josh había empezado a tocar en el resorte adecuado.
-No… no lo oigo. Pero seguro que lo digo.
-¿Y si no lo oyes… no pudiera ser que aunque lo dijeses no quieres decir las palabras en voz alta? ¿Que lo dijeses tan bajo que ni siquiera tú puedas oírlo?
El hombre volvió a sacudir la cabeza afirmativamente, pero más despacio que las otras veces. La duda estaba sembrada.
-¡Vale! – prosiguió Josh – ¿Puedes recordar qué es lo que le has dicho a los hombres que te han recogido esta mañana y a los otros que te han visitado hoy?
El hombre volvió sacudir la cabeza de forma afirmativa, centró su mirada en la del periodista y comenzó.
-¡No estoy preparado, tengo que alejar mis dudas!
La boca del hombre siguió moviéndose y dejó de emitir sonido alguno. Robert estaba en lo cierto, no es que no se le oyese, es que él no hablaba, seguía moviendo los labios sin abrirlos demasiado, igual que cuando se recita una oración, pero no pronunciaba nada. El visitante esperó a que terminase.
-… Hirado – terminó diciendo.
-¿Ves? Has seguido hablando, pero sólo has dicho en voz alta: “no estoy preparado, tengo que alejar mis dudas” y luego has terminado con la palabra “Hirado”. El resto del rato has tenido los labios muy apretados y no se ha oído nada. ¿Te has dado cuenta?
-¡Sí! – la palabra se le escapó despacio de los labios, dudosa, más que afirmando.
-¡Vale! Esto es un comienzo. Espera un momento.
Cogió su maletín y lo abrió. Buscó en su interior y sacó unos cuantos folios blancos y un bolígrafo. Dejó los folios frente al hombre y levantó el bolígrafo.
-Verás… ¡Vaya! ¡Ni siquiera sé como te llamas! – una sonrisa de sorpresa invadió a Josh, dejó el bolígrafo en la mesa y extendió su mano derecha para volver a saludar al hombre – Yo me llamo Josh Wellington, puedes llamarme Josh. ¿Sabes cómo te llamas tú?
El hombre se quedó perplejo. De las personas que lo habían visitado ninguna le había preguntado aún por su nombre. No estaba seguro de cómo se pronunciaba. La palabra “Hirado” volvía a la cabeza, pero estaba seguro de que no era esa. Tenía que buscar su nombre.
De inmediato la seguridad se instaló en su rostro. Extendió su mano y estrechó la de Josh.
-Me llamo Pierre Sullivan.

